Las cintas VHS fueron diseñadas para durar unos 20 años — la mayoría ya superan con creces los 30. Las partículas de óxido magnético que almacenan tus grabaciones están adheridas a una base de poliéster mediante un aglutinante de poliuretano. Con el tiempo, este aglutinante absorbe la humedad del aire a través de un proceso llamado hidrólisis, provocando que la capa de óxido se vuelva pegajosa e inestable.
El resultado es el conocido "síndrome de la cinta pegajosa" (sticky shed syndrome): la cinta se adhiere literalmente a los cabezales de reproducción, desprendiendo residuos marrones de óxido y produciendo un chirrido característico. Incluso antes de alcanzar esta fase crítica, la degradación de la señal es continua: los errores de tracking se multiplican, la saturación del color se desvanece, la luminosidad disminuye y el audio desarrolla niveles crecientes de dropout y distorsión.
Las cintas almacenadas en desvanes, garajes o cualquier lugar con fluctuaciones de temperatura se deterioran mucho más rápido. La aparición de moho es frecuente en ambientes húmedos y puede dañar irreversiblemente la superficie de la cinta en una sola temporada. Y el equipo para reproducirlas — los reproductores de vídeo — ya no se fabrica. La última línea de producción en serie cerró en 2016.