Los negativos fotográficos se han fabricado con tres materiales base a lo largo de la historia, y cada uno tiene sus propios problemas de conservación. Los negativos de nitrato de celulosa, utilizados antes de 1950, son literalmente inflamables — se descomponen liberando gases tóxicos y pueden arder espontáneamente en condiciones extremas. Si tienes negativos anteriores a 1950, la digitalización no es solo una cuestión de conveniencia: es una medida de seguridad.
Los negativos de acetato de celulosa, utilizados desde los años 50 hasta los 90, sufren el llamado "síndrome del vinagre" — la misma reacción química que afecta a las películas cinematográficas de acetato. La base del negativo libera ácido acético (vinagre) al descomponerse, lo que provoca contracción, curvatura y fragilidad. Este proceso es autocatalítico: una vez que empieza, se acelera, y los negativos afectados pueden contaminar a los negativos sanos almacenados junto a ellos.
Los negativos de poliéster, utilizados desde los años 90 en adelante, son los más estables físicamente. Pero todos los negativos en color — independientemente de su base — comparten un problema común: el desvanecimiento de los tintes. Las tres capas de tinte (cian, magenta y amarillo) que forman la imagen en color se desvanecen a ritmos diferentes con el paso del tiempo, provocando virajes cromáticos característicos. Los negativos Kodacolor de los años 70 y 80, por ejemplo, tienden a virar hacia el magenta conforme el tinte amarillo se degrada más rápido que los otros dos.
El daño físico es el cuarto enemigo: polvo incrustado, arañazos por manipulación inadecuada, huellas dactilares que han reaccionado químicamente con la emulsión, y hongos que crecen en la gelatina que recubre el negativo. Muchos de estos daños son invisibles a simple vista pero aparecen magnificados al escanear a alta resolución.