Torre de San Martín
HeritageTorre de San Martín de Teruel: Siete Siglos de Arte Mudéjar Sobre el Cielo de Aragón
Hay un momento del día en Teruel en que la luz del atardecer golpea los azulejos vidriados de la Torre de San Martín y toda la fachada parece encenderse. El verde y el blanco de la cerámica centenaria atrapan los últimos rayos del sol aragonés, y las estrellas de ocho puntas que recorren sus muros brillan como si alguien las hubiera pintado esa misma mañana. Abajo, en la Plaza de Pérez Prado, los pasos de los visitantes cruzan bajo el mismo arco por el que durante siglos pasaron mercaderes, soldados y peregrinos. La torre no es solo un monumento: es una puerta entre épocas.

La leyenda de dos alarifes y una torre inclinada
Corría el año 1315 cuando el juez Juan de Valacroche encargó la construcción de una torre que sirviera de puerta a la muralla medieval de Teruel. El maestro elegido fue Omar, un alarife mudéjar cuyo dominio del ladrillo y la cerámica vidriada era célebre en toda la comarca. Pero Omar no trabajaba solo contra el tiempo: su rival, otro alarife llamado Abdalá, levantaba simultáneamente la Torre del Salvador en el otro extremo de la ciudad. Según la leyenda —transmitida de generación en generación en las calles de Teruel—, cuando Omar terminó su obra en 1316 y contempló que la torre presentaba una leve inclinación, la vergüenza le consumió hasta el punto de arrojarse desde lo alto de su propia creación. La historia, seguramente embellecida por los siglos, envuelve la torre en un halo trágico que los turolenses aún recuerdan.
Lo que no es leyenda es la proeza arquitectónica que Omar dejó en pie. Siguiendo la tipología del alminar almohade, diseñó dos torres cuadradas concéntricas separadas por casi un metro de distancia. Entre ambas discurren pasillos y escaleras cubiertos por bóvedas de ladrillo que ascienden hasta el campanario. La torre interior alberga tres cámaras superpuestas con bóvedas de crucería simple, mientras que en la parte baja un paso público atraviesa la estructura de norte a sur, integrando el monumento en la vida cotidiana de la ciudad como torre-puerta de la muralla.

Un tapiz de ladrillo y cerámica
Lo que hace única a la Torre de San Martín no es solo su estructura, sino su piel. Las cuatro fachadas están completamente recubiertas de ornamentación que combina la disposición ingeniosa de los ladrillos con cerámica vidriada en verde y blanco. Los motivos son un catálogo del arte mudéjar aragonés: redes de sebka —arcos entrelazados sostenidos por columnillas cerámicas—, estrellas de ocho puntas blancas con cruces verdes en su interior, frisos en espiga, dameros y lazos octogonales. Cada franja horizontal cuenta una historia distinta, y sin embargo el conjunto respira una armonía casi musical.
Esta decoración es el testimonio vivo de una cultura que no debería haber existido. Tras la Reconquista cristiana de Teruel en 1171, los artesanos musulmanes que permanecieron en la ciudad —los mudéjares— continuaron aplicando sus técnicas constructivas islámicas al servicio de patronos cristianos. El resultado fue un estilo sin equivalente en el mundo: ni puramente islámico ni puramente gótico, sino algo enteramente nuevo. La Torre de San Martín es quizá su expresión más pura.

Sobrevivir a los siglos
Que la torre siga en pie es, en sí mismo, un pequeño milagro. El refuerzo de piedra sillar que Pierres Vedel añadió a mediados del siglo XVI detuvo un deterioro que amenazaba con derribarla. Durante la Guerra Civil española, Teruel sufrió una de las batallas más devastadoras del conflicto, y muchos de sus monumentos quedaron gravemente dañados. Tras la contienda, el arquitecto Manuel Lorente Junquera emprendió la tarea de reponer las piezas cerámicas perdidas, utilizando tonos ligeramente distintos que aún hoy permiten distinguir las restauraciones del original.
Pero fue la intervención de 2002 a 2007 la que cambió radicalmente el destino de la torre. Con una inversión de 2.494.809 euros, se acometió una restauración integral que consolidó la estructura, recuperó la decoración cerámica y, por primera vez en su historia, acondicionó el interior para recibir visitantes. El 23 de abril de 2007 —Día de San Jorge, patrón de Aragón— la Torre de San Martín abrió oficialmente sus puertas. Hoy, quien sube por las escaleras entre las dos torres concéntricas puede sentir bajo sus dedos los mismos ladrillos que colocó Omar hace más de setecientos años.

Patrimonio de toda la humanidad
El 28 de noviembre de 1986, la UNESCO incluyó la Arquitectura Mudéjar de Teruel en su Lista del Patrimonio Mundial. La Torre de San Martín forma parte de este conjunto junto con la torre, techumbre y cimborrio de la Catedral de Santa María de Mediavilla, la torre e iglesia de San Pedro, y la Torre del Salvador —aquella que, según la leyenda, el rival Abdalá levantó al mismo tiempo que Omar construía San Martín—. Juntas, estas estructuras representan el legado más completo del arte mudéjar en Europa, un reconocimiento formal de que la convivencia entre culturas puede producir belleza imperecedera.
En 2004, la torre recibió además la catalogación como Bien de Interés Cultural, ratificando su declaración de Monumento Nacional de 1911 y asegurando el máximo nivel de protección legal dentro del patrimonio español.
Visitar la torre
La Torre de San Martín se alza en la Plaza de Pérez Prado, frente a la embocadura de la Calle de los Amantes, en pleno casco histórico de Teruel. La visita permite recorrer las escaleras interiores entre las dos torres concéntricas y contemplar de cerca la decoración cerámica que ha fascinado a historiadores del arte durante generaciones.
Este artículo nació, en parte, gracias a unas viejas fotografías y grabaciones que salieron a la luz cuando alguien trajo sus recuerdos personales a digitalizar. Nos hizo preguntarnos cuánto más habrá ahí fuera —en desvanes, cajas de zapatos, armarios olvidados— conectado con la Torre de San Martín y la historia mudéjar de Teruel. Si alguien conserva material antiguo relacionado con este monumento, servicios como EachMoment pueden ayudar a preservarlo para las generaciones futuras.