Hotel Casa Fuster
HeritageHotel Casa Fuster: El último sueño modernista del Passeig de Gràcia
Hay un momento, al atardecer, en que la luz mediterránea golpea la fachada del número 132 del Passeig de Gràcia y el mármol blanco se enciende como si guardara dentro un fuego antiguo. Las columnas rosadas se tiñen de ámbar, las ventanas trilobuladas proyectan sombras alargadas sobre la acera, y uno puede intuir, por un instante, lo que debió sentir la Barcelona de 1911 al contemplar la casa más cara jamás construida en la ciudad. Hotel Casa Fuster no es solo un edificio: es una declaración de amor petrificada en piedra, cristal y pizarra.

Un regalo de amor en mármol blanco
La historia comienza en 1907, cuando Marià Fuster i Fuster — un aristócrata mallorquín de alta sociedad — adquirió un solar al final del Passeig de Gràcia, en la confluencia con lo que entonces era la Vila de Gràcia. Allí se alzaba la antigua fábrica de chocolates Juncosa, un edificio industrial que pronto sería demolido para dar paso a algo extraordinario. Fuster quería regalar a su esposa, Consuelo Fabra i Puig — hija del Marqués de Alella —, la residencia más espléndida de Barcelona. Para lograrlo, recurrió al arquitecto más audaz de la época: Lluís Domènech i Montaner.
Domènech i Montaner, cuyas obras — el Palau de la Música Catalana, el Hospital de Sant Pau — serían declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, aceptó el encargo. Sería su última gran obra en Barcelona. Las obras comenzaron en 1908 y, en 1911, la familia Fuster i Fabra se instaló en la planta noble. La casa fue inmediatamente reconocida como la más costosa de la ciudad, no por su tamaño, sino por la exquisitez de sus materiales: fue la primera residencia privada de Barcelona cuya fachada se revistió íntegramente de mármol blanco.
La arquitectura del asombro
Domènech i Montaner concibió un edificio en el que conviven curvas y rectas con una naturalidad casi musical. Dos fachadas planas convergen en una torre cilíndrica que se asoma a la esquina del paseo, coronada por galerías acristaladas y esculturas que evocan nidos de golondrina. Los motivos florales, seña de identidad del arquitecto, se entrelazan con líneas más geométricas y sobrias que anuncian la transición hacia un modernismo más contenido. En la fachada lateral de la calle Gràcia, un rosetón lleva grabadas las iniciales «CF» — de Consuelo Fabra —, un detalle íntimo en medio de la grandiosidad.
Los planos originales incluían una torre monumental inspirada en la del Hospital de Sant Pau, pero nunca llegó a construirse. Ese fragmento ausente añade un aire de misterio al edificio: la obra maestra que podría haber sido aún más grandiosa.
Un siglo de voces entre sus muros
Tras la marcha de la familia Fuster a principios de los años veinte, el edificio comenzó una segunda vida más popular. En la planta baja se instalaron comercios — una barbería, una tienda de comestibles —, y más tarde una horchatería valenciana. Pero fue en 1933 cuando Casa Fuster encontró su verdadera vocación cultural: aquel año inauguró el Café Vienès, un salón elegante que rápidamente se convirtió en punto de encuentro de la intelectualidad barcelonesa. El poeta Salvador Espriu — que había vivido de niño en el edificio y cuyo nombre llevan hoy los jardines que se extienden frente a la fachada — fue uno de sus asiduos. Las tertulias del Café Vienès definieron una época.

En el sótano, mientras tanto, latía otro corazón. Durante los años cuarenta y cincuenta, El Danubio Azul se convirtió en la sala de baile más vibrante del barrio: swing, ritmos de big band y parejas que giraban bajo los techos abovedados de un edificio modernista. La música nunca abandonó del todo estos muros.
La batalla que salvó una joya
En 1962, la empresa eléctrica ENHER adquirió Casa Fuster con un plan tan ambicioso como devastador: derribar el edificio y levantar en su lugar un rascacielos corporativo bajo el nombre de «Proyecto Torre Barcelona». La noticia sacudió a la ciudad. Vecinos, arquitectos, periodistas e intelectuales se movilizaron con artículos en prensa y protestas públicas hasta lograr lo que parecía imposible: convencer a ENHER de renunciar a la demolición. La compañía se comprometió a realizar restauraciones básicas, que se llevaron a cabo entre 1962 y 1974 y, de nuevo, en 1995. Casa Fuster sobrevivió, aunque malherida por décadas de uso comercial y mantenimiento insuficiente.
Renacimiento: del abandono al Gran Lujo
En 1999, el edificio fue puesto a la venta. Un año después, la cadena Hoteles Center lo adquirió y emprendió una restauración integral que duró cuatro años, respetando escrupulosamente los elementos originales de Domènech i Montaner — las columnas rosadas, los mosaicos, las carpinterías de madera, los vitrales — mientras dotaba al interior de las comodidades de un hotel contemporáneo. En 2004, Casa Fuster abrió como hotel de cinco estrellas Gran Lujo con 105 habitaciones y 20 suites, convirtiéndose en el primer «hotel monumento» de Barcelona.

El Café Vienès fue restaurado con la misma devoción y recuperó su tradición musical: cada jueves por la noche, el jazz vuelve a sonar entre las columnas de mármol, como un eco de las tertulias de los años treinta. En una de esas veladas, durante el rodaje de Vicky Cristina Barcelona, Woody Allen improvisó un concierto de clarinete en el salón — un momento que unió, por unas horas, Hollywood y el modernismo catalán.
Visitar Casa Fuster
Hotel Casa Fuster se encuentra en el Passeig de Gràcia 132, en la confluencia con el antiguo barrio de Vila de Gràcia, junto a los Jardins de Salvador Espriu. El edificio es visible y accesible desde la calle, y el Café Vienès está abierto al público. Los jueves de jazz siguen siendo una de las citas culturales más especiales de Barcelona.
Este artículo nació, en parte, gracias a unas fotografías antiguas que salieron a la luz cuando alguien trajo sus recuerdos personales a digitalizar. Nos hizo preguntarnos cuántas más historias conectadas con Casa Fuster dormirán todavía en desvanes, cajas de zapatos y armarios olvidados por toda España. Si alguien conserva fotografías, grabaciones o documentos vinculados a este edificio y su historia, servicios como EachMoment pueden ayudar a preservarlos para las generaciones futuras.