El Capricho de Gaudí
HeritageEl Capricho de Gaudí: La casa que suena en Comillas
Hay un momento, justo al amanecer, en que la luz del Cantábrico acaricia las fachadas de Comillas y los girasoles de cerámica de El Capricho parecen despertar. Sus pétalos vidriados atrapan el primer sol y devuelven un destello dorado que contrasta con las bandas verdes del ladrillo, como si el edificio respirase al ritmo de la mañana. Quien llega por primera vez a esta villa se detiene, desconcertado: aquello no es una casa al uso. Es una partitura construida en piedra, hierro y color.
Un encargo nacido entre La Habana y Cantabria
Corría 1883 cuando Máximo Díaz de Quijano, abogado cántabro enriquecido en Cuba, hombre de ideología carlista y apasionado de la música y la botánica, encargó al joven Antoni Gaudí una residencia de verano junto al Palacio de Sobrellano. Díaz de Quijano estaba emparentado políticamente con Antonio López y López, primer Marqués de Comillas, y tenía lazos con Eusebi Güell, el mecenas que marcaría la carrera de Gaudí. Aquel triángulo de influencias hizo posible que un arquitecto catalán de apenas treinta años proyectara una villa en la costa cantábrica sin llegar a pisar jamás el terreno: la dirección de obra recayó en su compañero de promoción Cristóbal Cascante.
El resultado fue Villa Quijano — bautizada popularmente como El Capricho —, una joya de 720 metros cuadrados con planta en forma de U, un minarete cilíndrico de veinte metros revestido por completo de cerámica y una obsesión decorativa por los girasoles que convirtió las fachadas en un jardín vertical. Gaudí volcó en ella la estética orientalista que dominaría su obra entre 1883 y 1888, bebiendo del arte mudéjar, nazarí, persa, indio y japonés, y la fusionó con algo profundamente personal: la música de su cliente. Las cornisas exteriores imitan un pentagrama, las barandillas de la torre dibujan claves de sol y semicorcheas, y las ventanas del salón principal contienen un sistema de contrapesos que produce notas musicales distintas al abrirse y cerrarse. Hasta las vidrieras del baño representan una abeja tocando la guitarra y un pájaro al órgano.
Máximo Díaz de Quijano, sin embargo, nunca disfrutó de su capricho. Llegó gravemente enfermo de su último viaje a Cuba y falleció en 1885, apenas unos meses después de que terminaran las obras, tras pasar una semana postrado en la cama de la casa que había soñado. Sin herederos directos, la propiedad pasó a su hermana Benita.

Cronología de una supervivencia
Lo que guarda El Capricho
Más que una colección de objetos, lo que se preserva aquí es un concepto: la idea de que un edificio puede ser un instrumento musical habitable. El salón principal, de 35 metros cuadrados con doble altura, conserva las ventanas con contrapesos que generan sonido al moverse. La sala de juegos, de 37 metros cuadrados, mantiene la decoración en madera tallada con motivos florales más rica de toda la casa y su galería semicircular que servía como fumador. El dormitorio principal, el más amplio con 42 metros cuadrados, exhibe un artesonado de celosía diagonal con motivos vegetales. El invernadero — 72 metros cuadrados diseñados como regulador térmico natural del edificio — fue reconstruido en la rehabilitación de 1988 siguiendo los planos originales.

En el exterior, los jardines diseñados por el propio Gaudí permanecen sorprendentemente fieles a su trazado original, con senderos de piedra autóctona, muros y escaleras que respetan el paisaje natural. Una gruta en el lado oeste, construida con bloques de piedra sin labrar, alberga un banco interior. Desde 1989, una estatua en bronce de Gaudí, obra de Marco Herreros, observa la fachada trasera sentada en un banco del jardín.
Un genio sin fronteras
El Capricho es una de las tres únicas obras que Gaudí proyectó fuera de Cataluña — junto al Palacio Episcopal de Astorga y la Casa Botines de León — y la única que nunca visitó en persona. Esa distancia convierte a Villa Quijano en un testimonio excepcional: demuestra que la visión de Gaudí era tan potente que podía materializarse a cientos de kilómetros de su mesa de dibujo, filtrada por las manos de un compañero de estudios fiel al proyecto.

Para Comillas, este edificio es mucho más que un monumento: es un ancla identitaria. En un pueblo de apenas dos mil habitantes, El Capricho atrae visitantes de todo el mundo y da sentido a la constelación de patrimonio indiano que incluye el Palacio de Sobrellano, la Universidad Pontificia y el cementerio modernista. Sin la villa, esa red patrimonial perdería su pieza más singular.
Visitar El Capricho
El museo abre todos los días de la semana, de 10:30 a 20:00 horas, en la localidad de Comillas, Cantabria. Llegar es sencillo por la autovía A-8 desde Santander o desde Asturias, y el pueblo merece una jornada entera: la combinación de playa, arquitectura modernista y gastronomía cántabra justifica el desvío.
Este artículo nació, en parte, de unas fotografías antiguas y grabaciones familiares que salieron a la luz cuando alguien trajo sus recuerdos personales a digitalizar. Nos hizo preguntarnos cuántos tesoros más habrá ahí fuera — en desvanes, cajas de zapatos, armarios olvidados — vinculados a El Capricho de Gaudí y al Comillas de otra época. Si alguien conserva material antiguo relacionado con este lugar, servicios como EachMoment pueden ayudar a preservarlo para las generaciones futuras.