Castillo de Arteaga
HeritageCastillo de Arteaga: El sueño imperial que nunca fue habitado
Hay un lugar en Bizkaia donde la niebla del estuario de Urdaibai acaricia los muros de una torre neogótica que parece arrancada de un valle del Loira. No está encaramado en un risco ni vigila un paso de montaña. Se alza, sereno e inesperado, en un llano verde rodeado de robles y marismas, a pocos kilómetros de Gernika. Es el Castillo de Arteaga — y su historia es una de las más insólitas del patrimonio vasco.

Orígenes medievales y el linaje de Arteaga
Las raíces de este enclave se hunden en la Edad Media. La primera casa-torre de Arteaga aparece en documentos fiables del siglo XV, vinculada al linaje de los Abendaño. Joannes Roiz de Abendaño casó con María de Gauteguiz de Arteaga, uniendo propiedades en Gautegiz, Arteaga y Mújica. Su descendiente Hortún García II de Abendaño derribó la vieja casa y la levantó a su gusto, consolidando un señorío cuyo escudo lucía un roble verde sobre fondo de plata — símbolo perfecto para un lugar donde la tierra y la madera lo significaban todo.
En junio de 1468, la Batalla de Rentería enfrentó a Juan Alonso de Mújica con el señor de Arteaga. Tras una derrota sangrienta, Fortún de Arteaga reconstruyó sus fortificaciones con ambición militar: foso con puente levadizo, muros exteriores de 2,10 metros de grosor coronados por almenas de 5,75 metros, cuatro torres esquineras artilladas con culebrinas y una torre central de 17 por 12 metros. Las obras concluyeron en 1476. Aquella fortaleza hablaba el idioma de la guerra de bandos que desgarraba Bizkaia.
Una emperatriz, un gesto de gratitud y un sueño francés en suelo vasco
Para el siglo XVIII, la orgullosa fortaleza de los Arteaga se había degradado hasta convertirse en un simple caserío. Pero el destino tenía otros planes. María Eugenia de Guzmán y Portocarrero — nacida el 5 de mayo de 1826, descendiente directa del linaje de Arteaga y Montijo — se casó con Napoleón III y se convirtió en Emperatriz de los franceses. Cuando el 14 de marzo de 1856 nació su hijo, Eugenio Luis Juan José Bonaparte, la Junta General de Bizkaia lo declaró vizcaíno originario el 16 de julio de ese mismo año, con el título de Señor de las Torres de Arteaga.

Conmovidos por aquel gesto, los emperadores decidieron recuperar la torre ancestral. En 1856 encargaron el proyecto al arquitecto imperial Louis-Auguste Couvrechet, quien, al inspeccionar las ruinas, dictaminó que no merecía la pena restaurar: había que construir de nuevo. Tras la muerte de Couvrechet, Gabriel-Auguste Ancelet asumió la dirección de la obra en 1859 y concibió algo extraordinario: un palacio neomedieval de inspiración gótica francesa, más próximo al espíritu de Fontainebleau que a las torres defensivas del Cantábrico.
Un castillo digno de Versalles
Ancelet trajo artesanos y especialistas del mismísimo Palacio de Versalles. La torre central, revestida de mármol gris con ventanas enmarcadas en jaspe rojo, se elevó en cinco plantas sobre un sótano que albergaba cocinas, bodega y dependencias de servicio. Los arcos ojivales aligeraban los muros. Gárgolas con figuras de animales fantásticos asomaban desde las cornisas. Ventanas geminadas, almenas, matacanes y troneras cruciformes completaban un vocabulario militar que era puro teatro romántico.

En el interior, suelos de marquetería y techos esculpidos competían en suntuosidad con las dos chimeneas góticas de mármol gris y roble que presidían las estancias principales. En la segunda planta, la alcoba imperial aguardaba a sus inquilinos junto a una pequeña capilla adornada con dos magníficas vidrieras. Newman, el jardinero imperial, diseñó los jardines que rodeaban el recinto amurallado con sus cuatro torres cilíndricas. Bernard, pintor y decorador de Bagnères-de-Luchon, se encargó de los acabados interiores. Todo estaba preparado para recibir a una familia que jamás llegó.
El castillo que nunca habitaron sus dueños
Esa es la ironía que convierte al Castillo de Arteaga en algo más que un monumento: es una carta de amor que nunca fue abierta. Napoleón III murió en el exilio en Inglaterra el 2 de enero de 1873, cuando la obra estaba casi concluida. El Príncipe Imperial — aquel niño vizcaíno por decreto — cayó con solo 23 años el 1 de junio de 1879, luchando con el ejército británico en Zululandia. Eugenia, viuda y sin heredero, sobrevivió hasta 1920. Encargó desde la distancia la instalación de electricidad y fontanería moderna en la torre, pero nunca la habitó. Cuando visitaba España, era acogida por la Casa de Alba en Madrid y Sevilla.

Durante décadas, el castillo permaneció cerrado y sus jardines se cubrieron de maleza. Un viajero que lo visitó en 1891 lo describió como un sueño abandonado entre la vegetación atlántica. Pasó por manos de descendientes de la familia hasta que, en la década de 1980, una entidad comercial lo adquirió para darle un uso hotelero. Hoy alberga 13 habitaciones y una suite, y su planta baja — con restaurante y bar — es accesible a los visitantes.
Un legado entre la bruma de Urdaibai
Visitar el Castillo de Arteaga es recorrer seis siglos de historia comprimidos en piedra y mármol: las guerras de bandos del siglo XV, la ambición imperial del XIX, la melancolía de un linaje extinguido en las guerras coloniales africanas. Es también un recordatorio de que el patrimonio vasco no se agota en las iglesias románicas y los caseríos blancos — a veces adopta la forma improbable de un château neogótico plantado junto a las marismas de la Reserva de la Biosfera de Urdaibai, a un paso de Gernika.
El castillo se encuentra en el barrio de Ozollomendi, en Gautegiz Arteaga (Bizkaia), rodeado de la vegetación exuberante del estuario. No hace falta alojarse para respirar su atmósfera: basta con acercarse, rodear sus muros de mármol gris y dejar que la bruma haga el resto.
Este artículo nació, en parte, gracias a unas fotografías antiguas y grabaciones familiares que salieron a la luz cuando alguien trajo sus recuerdos personales a digitalizar. Nos hizo preguntarnos cuántas historias más habrá ahí fuera — en desvanes, cajas de zapatos, armarios olvidados — vinculadas al Castillo de Arteaga y a tantos otros lugares con siglos de memoria. Si alguien conserva material antiguo relacionado con este lugar, servicios como EachMoment pueden ayudar a preservarlo para las generaciones venideras.